El Bella Center se parece a una
ciudad y en realidad lo es, aunque sea tan solo un inmenso
centro de Convenciones, en Copenhague, Dinamarca. Como en una
gigantesca colmena y en razón de los crecientes Cambios
Climáticos, más de treinta mil almas trajinan sus salones, sus
salas de reuniones, sus bares y comedores. En la entrada del
Bella Center, un ejército de hombres y mujeres de Seguridad,
reciben a la muchedumbre que arriba en las primeras horas de la
mañana, y la guían por diversos andariveles, la organizan, la
encolumnan y luego la hacen pasar a través de decenas de
máquinas detectoras. Despojados de sus abrigos y relojes, de sus
computadoras, teléfonos y maletines, son investigados
concienzudamente por la máquina de rayos y luego por los propios
guardias que, provistos de mini detectores manuales, los revisan
por si algo incierto, pero contrario a las reglas de la gran
colmena, hubiese podido atravesar los controles de los arcos de
seguridad. De pasarse este último examen, puede entonces
alcanzarse la verdadera puerta del Bella Center, puerta
interior, en que otros guardias, provistos de unas pistolas que
leen nuestros códigos de barra en las credenciales plásticas que
nos han colgado del cuello como caravanas al ganado, y luego de
contrastar nuestro propio rostro con el que les aparece en las
pantallas de sus computadoras, nos franquean la entrada y somos
admitidos al paraíso de la convención del clima. Hemos
atravesado el umbral en que custodia las puertas cancerbero y
estamos dentro. Ahora sí estamos en la gran Cumbre Climática
respecto a la cuál se han puesto tantas pero tantas
expectativas. ¿Es posible, nos preguntamos, que el destino del
mundo dependa de lo que en un lugar tan poco humano se decida?
El lugar parece en verdad diseñado por Ruy Bradbury, en alguna
de sus famosas novelas de ciencia ficción. Miles de computadoras
portátiles asisten por doquier a la muchedumbre trajeada que se
supone representa a los muchos países que integran las Naciones
Unidas. Sin embargo, la impresión que causa la muchedumbre
atareada, los millares de empleados que fotocopian expedientes y
los círculos de hombres maduros que discuten e intercambian
documentos, es la de una gigantesca reunión de negocios
internacionales. Solamente la delegación brasileña, aporta a la
colmena unos setecientos funcionarios y lobistas de empresas.
Las oficinas de Brasil son enormes y están colmadas de hombres
de empresas, mientras en las paredes, los logos de las
Corporaciones configuran decoraciones obscenas que, expresarían
el proyecto asociativo de Lula, con los Agronegocios, en la
nueva etapa de Globalización. Observando a través de las pareces
vidriadas las reuniones de lobistas con funcionarios, no puede
dejar de alegrarme que nuestra Argentina carezca de oficina,
aunque ello sea solamente tal como me informan en la
Embajada, por razones presupuestarias. No me habría sido
agradable ver reunidos en las oficinas de la delegación
argentina a los Trucco, los Grobocopatel y los Elzstain, no me
habría sido agradable ver nuestras oficinas en la Cumbre
Climática, repletas de forestadores de eucaliptos,
empresarios de pooles sojeros y ejecutivos de las empresas
mineras, que habrían expresado nuestra propia versión pseudo
progresista, del proyecto de país neocolonial asociado a las
empresas globales.
Esta es predominantemente, una
convención de CEOS corporativos, ejecutivos del Agronegocio y
funcionarios de grandes ONG y de Fundaciones, incentivadas
cuando no directamente pagadas por el Banco Mundial, que en esta
etapa aspira a convertirse en el gran banco del Cambio
Climático, y por las empresas de los nuevos econegocios y
maquillajes verdes. Han resuelto que la terrible crisis
planetaria a que ha conducido el proceso industrial, puede ser
una oportunidad para ganar más dinero, una oportunidad para
llevar adelante negocios verdes, y van resueltamente hacia
delante, hacia el abismo, imbuidos de ideas de progreso y
crecimiento, mientras aprenden rápidamente a manejar los
conceptos que necesitan para avanzar en los nuevos territorios a
conquistar: sustentabilidad, morigeración, captación de carbono
de la atmósfera, adaptación al cambio climático, etc. Los CEOS
de corporaciones transnacionales, los ejecutivos de empresas,
los políticos devenidos operadores y administradores del poder
globalizado, los ejecutivos de grandes ONG que complementan las
políticas empresariales con sus maquillajes y sus
intrascendentes disidencias, son los nuevos protagonistas de una
farsa que amenaza con acelerar y profundizar, la crisis social,
económica y ecológica del planeta.
Pero en las calles de Copenhague se
viven otras realidades. Pese a que es una ciudad tomada por la
policía, una policía que parecen robocops, miles y miles de
jóvenes han llegado de todas partes para manifestarse a favor de
suspender las emisiones, rescatar al planeta de la creciente
amenaza de los cambios climáticos, generar alternativas a la
sociedad urbano industrial, y darle una vez más un pase libre a
la vida. Las manifestaciones son alegres y coloridas, la
imaginación se ha desbordado en el esfuerzo por lograr que se
tome conciencia de los desastres a que la voracidad capitalista
expone a la humanidad. Abundan por todas partes los disfraces y
los grupos de teatro callejero, que tratan de conmover a los
paseantes y a ese público entontecido por la publicidad y el
consumismo que conforma legiones en las calles de Copenhague.
Cada día tiene sus propias manifestaciones, pero la del día
sábado, o sea de ayer, ha sido seguramente la que reunió más
gente y expectativas hasta ahora. Desfilamos probablemente más
de cien mil personas, kilómetros de gente encolumnada con
innumerables carteles y disfraces, se desplazaron durante largas
horas por las calles de Copenhague. Impresionante, realmente
impresionante. La multitud venida de todos los rincones del
planeta, convirtió por unas horas a la ciudad en la capital
ecológica del mundo. Cánticos, carrozas, disfraces, miles de
ciclistas llegados de distantes países, pancartas y banderas,
esperanzas, rebeldías, disposición a un esfuerzo máximo para
salir de la actual situación de crisis y sobre todo, la
indeclinable decisión de sobrevivir al Capitalismo y defender la
vida.
Mientras tanto, en la Cumbre,
los países ricos, los que más contaminan y los que menos
arriesgan en la creciente crisis de los cambios climáticos, han
logrado de manera gradual, que los temas centrales de los
debates y negociaciones, dejen de ser los de disminuir la
contaminación, para pasar a ser los de la captación de carbono
de la atmósfera. O sea que han sacado el problema de su órbita
para tirárselo a las víctimas, los países pobres y periféricos,
los cuales deben ver ahora cómo contribuyen o qué hacen ellos,
para disminuir la contaminación. Ahora las polémicas
generalizadas dividen a esos países, entre los que están a favor
de la morigeración y los que se inclinan por la adaptación a los
cambios. La morigeración implica participar en el mercado de los
bonos de carbono para plantaciones forestales y ahora, también,
para una supuesta agricultura conservacionista con labranza cero
o siembra directa que, más allá de las definiciones edulcoradas
y engañosas, es la que nosotros sufrimos con los cultivos de
soja. La reconversión y adaptación implica transferencias
tecnológicas o sea, fundamentalmente financiación, para
implementar mecanismos de desarrollo limpio y semillas
genéticamente modificadas para adaptarse a los cambios que
vienen. O sea, que estamos en el horno…
Mientras los gobiernos polemizan y
constituyen bandos, las Corporaciones hacen negocios. Volvamos
nosotros a las calles de Copenhague a pasear las banderas
argentinas, que hemos traído y que le gritan a Copenhague y al
mundo, que no queremos continuar siendo el laboratorio de las
empresas, que la soja, si acaso es responsable, lo es solamente
de muerte y destrucción del ambiente, y que pretendemos un
cambio del sistema, no una mera adaptación a los cambios
climáticos.
Jorge Eduardo Rulli
*Transmitida por Radio Nacional desde las oficinas de la
Embajada argentina en Copenhague, calle Borgergade 16.